lunes, 15 de marzo de 2010

Opiniones

El Planeta Tierra, Siglo XXI. La humanidad tiene un cáncer ya muy avanzado y no se puede parar. Es como si fuéramos en picada, como un pájaro al que en medio del vuelo le cae lluvia ácida en los ojos. Nuestro día a día está regido por números, mientras la burocracia se come viva a la gente. Pronto tendremos que llenar una planilla para poder ir al baño en cualquier lugar.

La necesidad de organizar nuestras vidas a través de cronogramas y listas nos ha vuelto grises por dentro, a la vez que nos hace creer lo contrario. Somos esclavos del tiempo; tanto así que confiamos más en lo que dicta el reloj que en nuestros propios instintos. Los minutos que tenemos en el presente los invertimos en el futuro sin ningún tipo de garantía, quedando sólo un pasado cada vez más grande. La monotonía, las leyes y las convenciones sociales parecieran tener como fin convertirnos a todos en la misma persona. Dicen que la rutina impide que te vuelvas loco. Yo les deseo suerte, y que disfruten su mundo banal, sus conversaciones monotemáticas y sus coreografías robóticas del trabajo.

Hoy en día la ciencia lo controla todo. Si no está comprobado por las matemáticas, no existe. Pero ¿qué son las matemáticas, si no un montón de reglas intangibles que sólo aplican a situaciones imaginarias? El día que nos convirtamos en móviles esféricos en el vacío, juro que me dedicaré a estudiar física religiosamente. Claro, eso en el caso de que no seamos puntos sin dimensión que indiquen una simple ubicación en un sistema de coordenadas cartesianas, porque sería como difícil leer y escribir. Lamentablemente las matemáticas son necesarias para la vida moderna porque todo gira al rededor del dinero. 

Un día dos cavernícolas discutían qué era más imponente, si el trueno o el mar. Uno de ellos decía que lo era el trueno, que estremecía a toda la naturaleza con sólo pronunciarse. El otro, igual de convencido, decía que el mar era más imponente, ya que era infinito y te podía arrastrar como quisiera. En vista de la imposibilidad de llegar a un acuerdo en un tema tan subjetivo, llegó un tercer cavernícola y dijo: "Vamos a agarrar varias de estas piedras, y como son bonitas, el que tenga más tiene la razón, y se acabó el asunto". Así absolutamente todo pasó a ser eternamente cuantificable, incluso la 
importancia de las cosas, y el poder de una persona. Un poco más adelante en la historia surgieron las leyes de impuestos, las indulgencias, y el dólar.

El dinero no compra la felicidad, señores, a menos que sea en dólares. Aceptémoslo, si el dinero en verdad no compra la felicidad, ¿Por qué nos da tristeza la pobreza? En teoría los pobres tienen todo lo necesario para ser felices ¿no?; el dinero es simplemente algo extra. Es más, si el dinero no es necesario, ¿Para qué estudiamos? ¿Para qué trabajamos? ... Exacto, eso pensé. La verdad es que todos queremos tener mucho dinero (en diferentes medidas), pero nadie se atreve a decirlo. Porque tener una hermosa casa en la playa con piscina y mil ventanas es el sueño de todos, pero admitir tal cosa es visto como una vulgaridad. ¿Qué clase de hipocresía es esa? El mundo se ahoga en su propia avaricia y se refugia en su propio autoengaño. Claro que hay mil cosas más importantes que el dinero, como por ejemplo el amor, la familia, los amigos... siempre y cuando no interfieran con tus estudios o tu horario de trabajo.

Por eso quisiera haber nacido en otra época, donde no existieran las ciencias, sólo el arte. Vivir tal vez en una población indígena donde los cánones de la belleza no los dicta la televisión; donde la luna y el sol no son cuerpos que obedecen a la ley gravitatoria universal, sino símbolos sagrados; donde la lluvia y las lágrimas son la misma palabra, en vez de ser un fenómeno climático y una secreción hormonal; donde la música se hace para venerar a la naturaleza y no para vender productos; donde la identidad va más allá de un número de cédula...

La naturaleza destructiva del ser humano marca la evolución de las ciencias. Nos enseñamos a nosotros mismos a crear, pero aprendemos a destruir, y somos víctimas de la tecnología en muchos casos. La búsqueda de una verdad universal a través de los números le quitan sentido a la vida, y nos vuelven a todos cada vez más iguales. No somos hijos del sol, somos un conjunto de células eucariotas, formadas en su mayoría por moléculas a base de carbono, con expectavidas de vida de aproximadamente 66 años. El pensamiento es realmente la evolución de un mecanismo de supervivencia desarrollado por especimenes de las primeras etapas de nuestra cadena evolutiva. Nada de eso importa. Ya descubrimos la quinta pata del gato, y de nada nos sirve. Por fin podemos fabricar calculadoras, pero nunca trascenderemos más allá de la verdad universal, ni encontraremos un equilibrio espiritual, ni mucho menos seremos felices por el hecho de saber estas cosas. 

Lamentablemente la inevitable necesidad de dinero en la actualidad nos impide escoger la ignorancia; sin mencionar las presiones de la sociedad, alienándonos e imponiéndonos arbitrariamente un cuadro de Excel con filas infinitas pero sólo dos columnas tituladas el bien y el mal. Aquello de no saber de matemáticas es una de las primeras celdas en la columna del mal...

Afortunadamente, el arte nos ofrece la única vía de escape fuera de la asquerosa realidad, aunque los pasajes son ida y vuelta. Nuestros 5 sentidos son la verdadera forma de conocer el significado de la vida, y es a través de ellos que podemos buscar lo que nos hace felices, a pesar de todo. Todo aquello que nos pudre por dentro, como el dinero, el tiempo, lo legal o ilegal, existe en medida que es cuantificable. La existencia de los genuinos sentimientos, por ejemplo, aún nos mantiene a algunos con esperanzas. Eso será, claro, hasta el día que los estudios científicos logren definir el odio y el amor, a través de gráficos y estadísticas (para lo cual de seguro falta poco). Ese, señores, será el día en que se acabe la humanidad.